La idea de hacer una preboda en la playa siempre es apetecible. Marta y Emilio se casan en 2010, pero hemos adelantado mucho la preboda – prácticamente un año entero. Aprovechando unos días de vacaciones que me estaba tomando con mi chica en Andalucía, nos acercamos a Cádiz. Será una boda playera, muy ibicenca, así que ¿porqué no aderezar la preboda con el mismo sabor? Un barco de madera, la playa de La Caleta y un rincón escondido de la costa hicieron las veces de excusa y contexto para pasar un día más que agradable.
A pesar de que los novios eligieron unos sitios preciosos, el entorno suele salir perdiendo y se queda prácticamente sin salir en las fotos. La razón es tan sencilla como que lo que realmente me interesa son las personas que lo viven en ese momento. Los lugares cumplen su función, sí, pero es una función más energética que estética: cuanto más bello el lugar, mejores miradas salen. Comprobado. Así de sencillo. La anécdota vino en la playa perdida donde estuvimos varias horas antes de la puesta del sol cogiendo sitio en una enorme y preciosa jaima que había con vistas al mar… que resultó ser un incomodísimo lugar para hacer fotos. Al final acabamos en la arena y dejamos nuestro sitio libre, no sin antes ser preguntados unas cinco veces sobre para qué revista era el reportaje – los flashes, la cámara y mi pequeño circo/estudio montado ad hoc atraía la atención de los lugareños que no tenían otra cosa que hacer salvo cotillear. Al principio les decía que para los novios, pero acabé jurando que la cosa era para el Vogue y cosas así. Qué chismosos somos, oye…










por Masyebra
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