La primera mirada desde la Presencia es demoledora. Lo más normal es que uno vea que, en realidad, vivimos en una nube brutal y vehemente de problemas, prisas, crispaciones, gente hablando sin parar, todos los medios gritando y taladrando el más preciado de nuestros tesoros: el silencio interior. Un jefe genial y loco que tuve me sorprendió 20 años atrás con una frase que me impactó: “necesito tiempo para pensar”. En ese instante me vino con enorme claridad que yo ponía toda mi energía en “hacer”, no dejando espacio para el pensar, reflexionar, respirar, calmarse. Silencio. Más tarde aprendí que no solo se trata de pensar, sino principalmente de Sentir.

Y en ese instante vuelves a la aterradora realidad que nos rodea, a la que más bien pronto que tarde se sumará la visión, bastante clara, de la realidad emocional que generamos día a día: tensiones, rencores, agotamiento, riñas, insatisfacción… para gustos los colores. De repente, uno no es que denoste o no reconozca los buenos momentos de la vida que tenemos. De hecho, luchamos a diario por generarlos, con el ahínco con el que un sediento bebe su primer vaso de agua fresca. De hecho, nos aferramos tanto a esos momentos que nos pasamos de frenada, y ahora nos movemos desde el miedo a perderlos, negando la realidad tal y como es. Algo no encaja en todo esto.

Cualquier persona que haya llegado a ese punto de su vida solo tiene dos caminos, solo dos: mantenerse ad eternum en su sitio actual, dejando que sus quejas sigan saliendo de su boca sin control y culpando a la situación o a la persona de turno por el impacto que han provocado en su vida, o hacer algo al respecto. Es lo que hay – ¿y ahora qué hacemos? Cada cual empezará a buscar caminos para resolver “lo suyo”; unos leerán libros de autoayuda, otros irán a terapeutas de todo tipo o practicarán técnicas o deportes que les ayuden a canalizar esas energías, whatever… El tesón es importante en estas lides, pero hay que tener en cuenta que el tesón solo nos da gasolina para llegar a un sitio mejor, en tu interior. El tesón no es un fin, es un medio.

Déjame proponerte un siguiente paso a conquistar: la Aceptación. Aceptar es entender que los demás juicios y opiniones son igual de sagrados que los tuyos. Todos. Sin excepción. Se aplica a personas, animales, sociedades, culturas y religiones. A todo. También a los eventos, accidentes, situaciones, circunstancias… La vida es como es. El mundo es como es. Y el buen guerrero entiende muy pronto que solo dispone de cierta cantidad de energía, sin duda insuficiente como para cambiar el mundo. Ni siquiera podemos cambiar a nuestra propia tribu, y ya veremos si consigues doblegar a tu pareja o a tus hijos.

La Aceptación es clave en este proceso porque, dejando que todo el mundo sea como es, dejamos de invertir energía en cambiarlos; energía ahora disponible para cambiar a la única cosa que realmente podemos cambiar: a nosotros mismos. La Aceptación sirve también para -desde la Presencia- aceptar las partes más oscuras de nosotros. De primeras, acepto que soy como soy. Obviamente queremos cambiar cosas, pero, en primer lugar, tengo que aceptar un hecho irrefutable: yo soy el que genera estos estados alterados. Nadie más. Son MIS estados alterados. Esa verdad irrefutable, acojona. Lo sé.

Pero solo entonces estaremos, por primera vez, en la pista de salida de la sanación interior. Ahora sí sabes lo que tienes que sanar, y resulta que lo que tienes que analizar y cambiar no está fuera -meros espejos que solo reflejan tu estado interior-, sino dentro. Mucho más cerca de lo que pensabas. ¿Cómodo, eh?

Comienza el viaje…

Disfrutad.

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