Sigo reivindicando el valor de la videografía de boda de media duración, es decir, una historia de 15 ó 20 minutos que permita contar las cosas a su ritmo necesario para contar la cosa y sus vericuetos. No es una cuestión de que los videoclips de boda sean peores que las historias profundas, ni mucho menos. Como diría aquel, hay gente pa tó. Lo que digo es que dentro de media vida, cuando los novios quieran mostrar por primera vez el video de boda a sus hijos, solo hay dos opciones: una, que la pieza narre una sensación, más alineada (por fuerza) con el devenir de las modas que con las motivaciones internas de sus protagonistas. Dos, que las piezas transmitan el sentir de sus padres en aquel momento, lo que anhelaban y lo que sentían, del porqué llegamos aquí versus lo bien que nos lo pasamos aquel día, ahora ya en el semi-olvido. Ambos caminos igual de sagrados, faltaría más. Pero yo trabajo para preservar el segundo, simplemente por elección, porque puedo, porque quiero.

Así las cosas, los “videos cortos” permiten, por la dictadura del tiempo de metraje, una narración muy somera de aspectos concretos de la pareja que nos ocupa. El árbol y la tierra es eso: una “foto breve” de Alex y Pedro, narrada con mucha menos profundidad que el hilo que nos une, y no por ello menos importante. El ejercicio aquí es, ni más ni menos, que contar desde mis tripas, muy brevemente, cómo se respiraban los novios en su día, cuando decidieron unir sus caminos un poco más. El resto, es otra historia.

Disfrutad.

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